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Cuando la muerte se muta en símbolo El 1º de julio de 1974, en horas del mediodía,
se anunciaba la muerte del tres veces presidente de los argentinos: Juan
Domingo Perón, en toda la historia La vuelta del hombre fuerte y reconocido de la Argentina atravesó
primero el aeropuerto de Ezeiza aquel 17 de noviembre de 1972, en medio
de fuertes disposiciones de seguridad implementadas por la dictadura militar,
autodenominada Revolución Argentina, corrían tiempos de
Lanusse. La mañana era lluviosa, fría y nada tenía
que ver con un día peronista, de acuerdo al folklore. Miles y miles
de personas de todas las edades se embarraron, se empaparon y buscaron
un lugar privilegiado para saludar a Perón, 18 años más
grande y casi dos décadas donde su pensamiento político
había variado, era distinto, diferente, se enfrentaba a otro país
cambiante. El 20 de junio de 1973 fue el regreso definitivo, y fue Ezeiza,
tema insoslayable para hablar del peronismo y de toda aquella etapa convulsionada,
pero vale decir, tampoco la única. Perón regresa a la presidencia
por tercera vez y con un porcentaje no alcanzado por nadie más
en la historia eleccionaria. Mandato corto y con una vicepresidencia que
ni los viejos, ni los nuevos peronistas pudieron digerir nunca. Si Evita
no lo había sido, porqué esta mujer. Aquel 1º de julio
muere, dejando lo peor del peronismo en el sillón de Rivadavia
y algo más. Pero los símbolos aparecen una y otra vez entre
la vida que se extingue y la muerte irremediable. Y nadie puede desmentir
que los símbolos existen, se hacen carne y leyenda, son parte de
las realidades que asoman y a pesar de las broncas, aparecen los profundos
dolores. |
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